Antes de casarme convencí a mi por entonces novio -y ahora marido- para que nos apuntásemos juntos a un curso de cocina.  Algo sencillo, que nos salvara de tener que alimentarnos de comida precocinada casi todos los días.  El curso fue divertido y aprendimos a perderle el miedo a los fogones.  Sin embargo, el consejo que más me llamó la atención (y que todavía hoy en día recordamos entre risas) fue que “un buen postre arregla una comida mediocre y que uno malo estropea un gran banquete”. Lo curioso es que, a partir de entonces, he observado que esta máxima es perfectamente aplicable a otras artes muy diferentes, entre ellas al “arte de hablar en público”.

El final del discurso es realmente el elemento más estratégico de entre todos los que un buen orador debe saber utilizar.  Lo último que se dice es lo que tiene mayor probabilidad de quedar en la memoria del público.

Al principio de empezar a hablar en público es fácil oír un final de discurso del tipo: “Bueno, esto es todo cuanto tenía que contarles sobre este tema, así que será mejor que ya termine” o bien observar que el conferenciante repite una y otra vez, en un círculo vicioso, lo que ya dijo, sin saber como salir de ahí. En ambos casos la impresión que se deja es pésima, porque el discurso ha quedado truncado. Nos hemos quedado sin postre.

¿Cómo conseguir un final realmente impactante? Sin duda, preparándolo tranquilamente de antemano. Hasta los conferenciantes con más experiencia escriben y ensayan el final de su discurso varias veces. No se trata de aprenderse de memoria las palabras; pero sí las ideas que se pretende transmitir para colocar con éxito la guinda del pastel.

Os propongo varias sugerencias que puedes incluir para terminar tu discurso:

1.    Resume y repite muy brevemente los puntos tratados.  Es fácil caer en el error de creer que, como los puntos están claros para mí, deben resultar igualmente claros para los oyentes. Aunque el orador haya madurado las ideas que está transmitiendo durante horas de preparación, el público es la primera vez que las oye. Por eso es necesario tomarse el tiempo necesario para preparar un brillante y brevísimo resumen que recoja las tres ideas principales que ha transmitido con su discurso.
2.     Halaga con sinceridad al auditorio.  Para que este cierre sea eficaz, tiene que ser un halago sincero y hecho desde la honestidad en función de las sensaciones que intuitivamente has recibido durante tu charla. Si es falso, el público lo detectará y lo rechazará. Por lo tanto, el halago siempre debe ser personalizado al auditorio que lo recibe. Puedes preparar varias versiones y utilizar la que consideres más adaptada al tipo de público.
3.     Utiliza el sentido del humor. Si tienes facilidad para ello en tu vida personal, será fantástico que te atrevas a utilizarlo encima de un estrado. Si no eres un futuro candidato al club de la comedia, ¿cómo hacerlo?  No hay una receta específica para esto. Busca tu manera de conseguirlo; pero siempre siendo fiel a tu personalidad y carisma. Esfuérzate para encontrar un cierre divertido que les haga sonreír. Los humoristas stand-up pasan horas no sólo preparando el chiste final que levante al público del asiento sino ensayando frente al espejo cómo decirlo.

4. Lee un párrafo de un libro. Busca un párrafo o una cita de un libro que vaya en consonancia con el contenido de tu charla. Saca el libro y lee pausadamente tu propuesta. Sin duda realzará y embellecerá tu discurso.

Una vez leí que en algunas tribus africanas al orador se le permite hablar tanto tiempo como pueda mantenerse en un solo pie. Cuando el dedo gordo del otro pie toca el suelo, tiene que retirarse. Así que termina tu conferencia siempre antes de lo que el público desea. Dijo Baltasar Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

 Si te apetece incluir alguna de estas propuestas en tus cierres, sin duda tu público se irá de la sala con un excelente sabor de boca y habiendo disfrutado de un postre exquisito que dará valor al resto de la comida. Bon appétit!

     Rosa Cañamero
     Socia directora – Execoach