Si eres manager en una gran empresa, quizá el término generación de cristal te suena más a meme de LinkedIn que a un concepto útil para gestionar equipos. Pero detrás de ese apelativo (que viene cargado de prejuicios) hay una realidad interesante para cualquier líder que necesite gestionar emociones en el trabajo con eficacia. En vez de descartarlo como un insulto generacional, lo podemos aprovechar para entender mejor cómo gestionar emociones, fomentar compromiso y sacar lo mejor del talento emergente.
Primero, un dato que no encaja con la caricatura de fragilidad: las emociones importan profundamente en el rendimiento laboral de Gen Z (los nacidos entre 1997 y 2012). Este grupo ha puesto en el centro de sus conversaciones laborales la salud emocional, entendida no como “sentir demasiado”, sino como un elemento clave para su bienestar y productividad. La presión por demostrar competencias, la ansiedad ante la incertidumbre profesional y la necesidad de propósito están muy presentes en su experiencia laboral cotidiana, tanto como en generaciones anteriores, pero con expresiones distintas y visibilidad mucho mayor.
Las emociones no son un error humano en el trabajo, son datos emocionales valiosos que, bien interpretados, impulsan resultados empresariales.
Psicólogos organizacionales han desarrollado teorías para explicar por qué las emociones no son fenómenos marginales en el trabajo, sino fuerzas que moldean el compromiso y la satisfacción laboral. Uno de esos modelos, la Affective Events Theory, propone que eventos emocionales dentro del trabajo (desde un elogio hasta un comentario duro de un jefe) influyen en el comportamiento de los empleados, su rendimiento, y su decisión de quedarse o marcharse. Según este enfoque, no es solo la tarea o la meta lo que motiva —son las experiencias afectivas que acompañan esas tareas.
De hecho, hay investigaciones que relacionan específicamente habilidades socioemocionales con mejores resultados entre trabajadores jóvenes. Un estudio de la Virginia Commonwealth University (Emotional Intelligence Predicts Job Performance) mostró que aspectos de la inteligencia emocional —autocontrol, empatía, conciencia social— están ligados con mayor compromiso, mejores relaciones interpersonales y mayor adaptación en el lugar de trabajo. Esto es especialmente relevante para managers de multinacionales, donde los equipos son diversos y las tensiones emocionales pueden surgir con rapidez si no se gestionan con habilidad.
Ahora bien, ¿qué significa todo esto para ti como líder? La respuesta no está en “tratar a la generación de cristal con guantes de seda”. Está en entender que las emociones no se eliminan, se canalizan y se gestionan con inteligencia emocional estructurada.
Puedes empezar por aceptar que emociones como estrés, incertidumbre o ansiedad no son señales de debilidad, sino indicadores de que algo en el sistema de trabajo necesita atención. Estudios muestran que muchos jóvenes empleados experimentan estrés laboral significativo y buscan apoyo para gestionar ese estrés, lo que repercute directamente en sus decisiones sobre quedarse o dejar un empleo. Esto no es “sensibilidad extrema”: es simplemente la realidad de trabajar en un entorno híbrido, con expectativas de hiperconectividad y presión por resultados casi inmediatos.
Gestionar emociones no es suavizar experiencias dificiles, es transformarlas en aprendizaje y rendimiento.
El rol de la inteligencia emocional en la gestión de equipos multigeneracionales no es opcional. Líderes con alta inteligencia emocional pueden identificar señales tempranas de tensión, responder con empatía y construir climas psicológicamente seguros donde las emociones se expresan y se gestionan de forma saludable. Desde reconocer una frustración hasta convertir un conflicto en una oportunidad de aprendizaje, estas habilidades no solo mejoran el ambiente de trabajo, sino que establecen un modelo de liderazgo que potencia la confianza y la productividad.
Aceptar las emociones en el trabajo también implica distinguir entre el mensaje y el tono. Es decir, no se trata solo de escuchar lo que se dice, sino de interpretar cómo se dice y qué emociones subyacen a la comunicación. Investigadores como Hillary Anger Elfenbein, profesora estadounidense especializada en emociones en el lugar de trabajo, han señalado que la precisión emocional y la sensibilidad cultural son competencias que marcan la diferencia en equipos diversos y globales.
Un error común entre managers es pensar que el único camino para mejorar el rendimiento es ignorar o minimizar las emociones. Por el contrario, cuando las emociones se reconocen y se integran en conversaciones abiertas —por ejemplo, en evaluaciones de desempeño o revisiones de proyecto— se genera un ambiente donde los empleados se sienten escuchados, valorados y comprendidos. Esto no solo reduce el conflicto, sino que aumenta la motivación intrínseca de cada persona.
Un manager que gestiona las emociones de su equipo es capaz de desbloquear todo su potencial.
Especialmente con trabajadores jóvenes, el feedback emocional regular —no solo el feedback técnico— se ha identificado como un factor que fortalece el vínculo entre el empleado y la organización, incrementa el sentido de propósito y reduce la probabilidad de rotación. Una gestión emocional eficaz no es gestionadora de emociones, sino facilitadora de energía emocional positiva que impulsa desempeño.
Otro aspecto que merece mención es cómo la Generación Z utiliza la tecnología para navegar situaciones emocionales en el trabajo. Encuestas recientes realizadas en Estados Unidos muestran que un alto porcentaje de jóvenes trabajadores utilizan herramientas de IA —como chatbots— para interpretar el tono de mensajes, manejar situaciones difíciles o incluso para practicar cómo comunicar sentimientos complejos. Para ti como manager, eso no es un sustituto de relaciones humanas, sino una señal clara: estos empleados están buscando modos de apoyarse en recursos digitales para gestionar emociones y comunicación. Entender esto te puede ayudar a integrar tecnología en estrategias de bienestar y desarrollo.
La emoción en el trabajo no se limita a Gen Z. La teoría organizacional clásica ya reconoce que todos los empleados tienen reacciones afectivas que impactan su engagement y su satisfacción. Pero con la llegada de esta nueva generación, que no ve la emoción como algo tabú sino como parte de la experiencia humana laboral, los líderes tienen una oportunidad única: integrar habilidades emocionales en la cultura organizacional y transformar la estrategia de gestión de personas.
Construir esa cultura empieza por reconocer que no existe una división rígida entre la cabeza y el corazón en el trabajo. Los empleados no desconectan su vida emocional al entrar a la oficina o al conectarse por Teams. Y cuanto más se alinea tu liderazgo con esta realidad, más conectados, comprometidos y productivos serán tus equipos —jóvenes y veteranos por igual.
En definitiva, la “generación de cristal”, lejos de ser un problema, puede ser un catalizador para evolucionar la gestión emocional en las organizaciones de alto rendimiento. Y no se trata de suavidad, sino de riqueza emocional como fuente de energía, claridad y compromiso. Así que la próxima vez que escuches esa etiqueta, recuerda: no estás lidiando con un estereotipo frágil, estás ante una invitación a liderar con más empatía, conciencia y eficacia en un contexto laboral que exige adaptabilidad constante.
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Ángel Martínez Marcos
Coach Ejecutivo & Consultor de Transformación Cultural
www.amartinez.net
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