Numerosas investigaciones demuestran que las personas que se quejan constantemente tienen efectos fisiológicos negativos. Los neurotransmisores del cerebro pueden sufrir un “reprogramación” neuronal cuando se repiten sentimientos de malestar, tristeza o enfado porque refuerza los patrones de pensamiento “negativos”. Esto ayuda a que los pensamientos que nos generan infelicidad se repitan y dejan poco espacio para los sentimientos de bienestar.

Un ciclo continuo de pensamientos negativos puede incluso causar daños en el hipocampo, que se encarga de funciones importantes para la memoria y el manejo espacial. El principal problema es que los “quejicas” se convierten en adictos a la negatividad, atraídos por el drama que conlleva una actitud queja continua.

Este tipo de personas también tienden a pensar en blanco y negro y suelen ver más problemas que soluciones, lo que hace muy difícil trabajar con ellos. Dada su negatividad constante, les resulta difícil tomar decisiones y resolver problemas. Irónicamente, quejarse de las cosas crea más cosas de las que quejarse. Sin embargo hay que diferenciar a las personas con una primera fase de queja entrando en el victimismo y las personas que pasan de la queja a dar soluciones, ya que estas últimas simplemente quieren dar una razón del cambio que proponen.

Lo mejor que podemos hacer con estas personas a nivel laboral es establecer unos límites claros.

Los quejicas crónicos tienen un efecto muy perjudicial en las personas que los rodean. Cuando estas personas piensan y reaccionan de forma negativa y pesimista, sin darse cuenta, transfieren estos sentimientos a los demás en un proceso que los psicólogos llaman “identificación proyectiva”. Es como si utilizaran a otras personas como una especie de cubo de basura para su expresar su negatividad, haciendo que estos otros se sientan agobiados y agotados.

Curiosamente, es muy probable que este tipo de “transferencia” forme parte de nuestra composición evolutiva. Los seres humanos poseen lo que se llama neuronas espejo en su cerebro límbico, que son tremendamente importantes para la supervivencia. Como seres sociales, nuestros cerebros imitan inconscientemente los estados de ánimo de las personas que nos rodean, lo que puede ser una ventaja cuando nos enfrentamos al peligro y para crear lazos sociales. Sin embargo, este reflejo neuronal tiene su parte negativa y es que las personas que se quejan de todo contagian a los demás convirtiéndolos en quejicas.

Quejarse es útil en situaciones en las que cree que podría afectar a un cambio real y positivo, pero quejarse constantemente de todo no es constructivo.

De todos modos, quejarse no es del todo malo. Desahogarse de vez en cuando y expresar las emociones negativas a un compañero o un amigo sobre situaciones difíciles nos permite sacar nuestras preocupaciones a la luz y, al hacerlo, disminuir las posibles reacciones de estrés. Reprimir nuestros sentimientos puede impedirnos nombrar nuestro problema y llegar al fondo de la cuestión.

En muchos casos, las quejas crónicas comienzan cuando somos niños, como medio para ganar visibilidad y que nuestro entorno familiar nos cuide. De hecho el llanto es la primera expresión de un bebé para conseguir alimento y sobrevivir. Ahora bien, estas experiencias tempranas pueden convertirse en patrones de comportamiento profundamente arraigados y difíciles de soltar.

Aunque es fácil identificar a un quejica, podemos observar que este tipo de personas reacciona mal a los consejos, ya que resolver su problema le estás quitando la razón para quejarse.

Lo mejor que podemos hacer con estas personas a nivel laboral es establecer unos límites claros. Hay que decir que estamos dispuestos a escuchar y hablar, pero no a entablar una conversación repetitiva. Volver a hablar de lo mismo una y otra vez no hace ningún bien a ninguna persona, ni a la que se queja ni a la que escucha la queja. Hay que decir que aunque reconocemos que una persona se pueda sentir mal, las constantes quejas molestan en una organización. Hay que reconocer que todos nos quejamos en algún momento, pero también señalar que la mayoría de la gente lo hace con moderación y que hay una forma correcta y otra incorrecta de quejarse. Quejarse es útil en situaciones en las que cree que podría afectar a un cambio real y positivo, pero quejarse constantemente de todo no es constructivo.

Además hay que trabajar con las personas la actitud de gratitud. Cada vez que uno siente el impulso de quejarse, debería verlo como una tarjeta roja para cambiar su atención de la queja a la la gratitud por lo que se tiene y no tanto por lo que nos falta. Al hacerlo, podría descubrir que su estado de ánimo mejora; podría tener más energía y sentirse menos ansioso. Por supuesto, crear ese cambio de comportamiento lleva tiempo. Muchas veces este cambio de comportamientos se puede realizar con un coach ejecutivo y así trabajar con respuestas alternativas a la queja.

Aunque los quejicas crónicos parecen ser inofensivos, a la larga su comportamiento es más destructivo de lo que parece. Con el tiempo, la gente se cansa de la negatividad.  Así que procura alejarte de la queja continua, sobre todo cuando va acompañado de victimismo.

 

 

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Ángel Martínez Marcos
Coach Ejecutivo & Consultor de Transformación Cultural

Instagram @angelmartinezcoach