El estrés es un compañero de viaje inevitable en la vida profesional y personal. Es una reacción física y psicológica de nuestro organismo ante algo que considera una amenaza a su equilibrio, es decir, además es necesario. Nos acompaña en plazos ajustados, decisiones críticas y situaciones inesperadas. Pero, ¿es siempre perjudicial? ¿O en ciertos casos puede ser un motor que impulsa nuestro rendimiento? La respuesta no es sencilla. Depende del tipo de estrés y de cómo lo gestionemos.
Como advierte el filósofo Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias en Comunicación y Humanidades, en su famoso libro La sociedad del cansancio, vivimos en la era de autoexplotación. No necesitamos un jefe que nos presione; somos nosotros los que nos presionamos a nosotros mismos.
Queremos rendir más, producir más y demostrar constantemente nuestra valía. Ese impulso puede generar logros, pero también agotamiento y desgaste emocional. Han señala que “la presión viene de dentro, no de fuera”, y esa autoexigencia constante es la que nos lleva a estados de fatiga crónica, afectando nuestra creatividad y bienestar.
Estrés puntual vs. estrés crónico
Antes de profundizar, conviene diferenciar dos tipos de estrés:
- Estrés puntual: surge ante un reto concreto, como una presentación importante o un proyecto urgente. Suele ser intenso pero temporal, y puede incluso mejorar la concentración y la creatividad. Nos pone en alerta, activa nuestra energía y nos hace rendir al máximo.
- Estrés crónico: se instala de manera continua. Es la sensación de “siempre ocupado, nunca suficiente”. No da tregua. El estrés crónico deteriora el rendimiento y tiene efectos negativos muy visibles: disminuye la concentración, reduce la capacidad de aprendizaje, altera el equilibrio emocional y afecta a la inteligencia social. Es más difícil de detectar porque se normaliza: nos acostumbramos a vivir bajo presión y creemos que “esto es lo normal”.
En otras palabras, el estrés puntual puede ser un aliado; el crónico, un enemigo silencioso. La diferencia radica en la duración, la intensidad y nuestra capacidad de gestión.
Consecuencias del estrés crónico
Cuando el estrés deja de ser un aliado puntual y se convierte en crónico, el impacto es profundo. Además de afectar negativamente al rendimiento, a la concentración, a la toma de decisiones, en definitiva, a nuestras capacidades mentales, tiene consecuencias muy graves en nuestra salud. Según los estudios científicos realizados, estos son los efectos más conocidos y demostrados:
- Aumento de la glucosa en sangre (que con el tiempo se convierte en diabetes)
- Aumento de segregación de cortisol (que con el estrés continuado provoca todo tipo de enfermedades cardiovasculares como aumento de la tensión arterial, infarto o ictus)
- Deterioro de los telómeros de los cromosomas (que tiene que ver con el envejecimiento celular acelerado y la reducción de esperanza de vida)
- Destrucción de neuronas y reducción del tamaño del hipocampo, responsable de la memoria y el aprendizaje.
- Deterioro del sistema inmunológico, lo que nos hace vulnerables a todo tipo de enfermedades y al cáncer.
Como decía Hans Selye, pionero en el estudio del estrés: “No es el estrés en sí lo que nos mata, sino nuestra reacción ante él”. La autoexigencia constante nos lleva a ignorar estas señales, y el rendimiento sostenido se convierte en un espejismo: producimos más, pero pagamos un precio muy alto en nuestra salud y bienestar.
Además, es importante recordar que el estrés no afecta solo al rendimiento individual, sino también al clima del equipo. Cuando una persona vive bajo presión constante, su comunicación se vuelve más tensa, las decisiones se toman con menos claridad y la capacidad de colaborar se reduce. Esto genera un efecto dominó: el estrés se contagia, las relaciones laborales se resienten y la productividad colectiva disminuye. Gestionar el estrés de manera consciente no es solo un acto de autocuidado, sino una estrategia para proteger el rendimiento y el bienestar de todo el equipo.
Estrategias para mantener el estrés bajo control
No se trata de eliminar el estrés por completo —algo imposible—, sino de gestionarlo de manera consciente. Algunas técnicas efectivas son:
- Mindfulness: practicar la atención plena permite observar las emociones y los pensamientos sin reaccionar automáticamente. Solo 10-15 minutos al día durante un mes pueden mejorar drásticamente la concentración y reducir la ansiedad. Si quieres información sobre cursos de mindfulness tanto para particulares como para empresas, pulsa en el siguiente link: Cursos de Mindfulness
- Priorización: distinguir lo urgente de lo importante evita la sensación de estar siempre “apagando fuegos”. La matriz de Eisenhower, por ejemplo, ayuda a decidir qué tareas merecen nuestra atención primero.
- Monotasking: concentrarse en una sola tarea a la vez frente al multitasking mejora la productividad y reduce la sobrecarga mental. No se trata de trabajar más, sino de trabajar mejor.
- Pequeñas pausas activas: desconectar brevemente entre tareas, respirar, estirarse o caminar permite resetear el cerebro y recuperar energía.
- Establecer límites claros: aprender a decir “no” o delegar tareas es tan importante como cumplir con nuestras responsabilidades. La presión interna aumenta cuando creemos que debemos abarcarlo todo.
Incorporar estas técnicas de manera constante ayuda a mantener un estrés saludable: aquel que impulsa y no desgasta. Y de hecho, incorporar dichas estrategias significaría justo lo contrario de la autoexplotación, porque es una manera de cuidar de nuestro bienestar y evitar la autoexigencia excesiva y estresante.
Estrés y rendimiento: la paradoja
Existe una paradoja interesante: un cierto nivel de estrés es necesario para rendir. La llamada “curva de Yerkes-Dodson” describe cómo un estrés moderado aumenta la motivación y el rendimiento. Pero superado un umbral, la presión deja de ser útil y se convierte en dañina. La clave está en reconocer cuándo hemos cruzado ese límite y actuar antes de que el desgaste sea irreversible.
El estrés no es necesariamente el enemigo. Puede ser un motor que nos activa y nos hace rendir. El problema surge cuando se convierte en constante, cuando dejamos que la autoexigencia crónica domine nuestra vida y nuestro rendimiento.
La pregunta que conviene hacerse cada día es:
- ¿Estoy bajo estrés puntual que me impulsa a rendir, o estoy bajo estrés crónico que me desgasta?
- ¿Qué puedo hacer hoy para recuperar control, concentración y bienestar?
Aprender a diferenciar ambos y a aplicar estrategias sencillas de gestión del estrés es esencial para quienes desean mantener un rendimiento sostenible y un equilibrio emocional estable. Como profesionales, nuestra mayor inversión es en nuestra propia capacidad de atención, energía y bienestar. Gestionar el estrés de forma efectiva no solo protege nuestra salud y rendimiento, sino que también fortalece nuestro liderazgo y nuestra capacidad de influir positivamente en el entorno. Un profesional que sabe manejar su presión mantiene relaciones más fluidas, toma decisiones más acertadas y logra que su equipo también funcione con mayor confianza y claridad.
El objetivo no es aspirar a una vida sin estrés, sino aprender a reconocer sus señales, a modular su intensidad y a transformarlo en un aliado. Cada pausa, cada técnica de mindfulness, cada tarea priorizada o cada momento de monotasking es un paso hacia un rendimiento más consciente y sostenible.
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